Apuntes a máquina

Diego de Cora

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Contra todo pronóstico

"LA VIDA es un continuo ,op". Era el mensaje inconcluso con el que mi vecino describía la existencia vital del ser humano hace solo unos días, con cinco palabras, una coma y un par de letras. Un desliz inusual en él, un tipo metódico, que va y viene de un sitio o de otro subiendo y bajando en ascensor, cada día, a las mismas horas. Del trabajo, del fútbol, del bar. Sube y baja constantemente, desde que va recoger el periódico hasta que vuelve cada noche de redacción.

Tiene mucho mérito lo suyo. Es realmente difícil ser fiel a una planificación, un método y un orden sin que acaben por tornarse en el coro que conjure contra uno.

Con la organización precisa, todas las intrascendentales aunque resueltas afirmaciones que comienzan con un “la vida es lo que pasa mientras... ” se vuelven mentiras rotundas, porque el 'mientras' deja de existir. Es entonces cuando la vida no deja de ser cada momento de la misma, hasta el día que nos traiciona y nos aniquila. Se lo advierto, si se consideran organizados y trabajadores olvídense de cualquier otra resolución, la muerte natural es solo para el ocio.

“Si las tostadoras calientan tostadas a pares es para que aún nos quede un lado bueno cuando caigan al suelo, el llamado 'plan B'”. Ese fue el penúltimo tuit de mi adorado vecino, con quien, por cierto, apenas he llegado a cruzar un par de palabras, pero sigo fervientemente en redes sociales: leo todos sus artículos y compro cada uno de sus libros. Tiene cierta gracia que alguien que viva tan encima de su tiempo se gane el pan con miles de personas con tiempo que matar que de vez en cuando le retuitean. Recientemente me ha confiado una copia de la llave de su casa, a la que, por supuesto, nunca me ha invitado a pasar.

Ya que el tedio es un animal al que le gusta hacerse notar y agradecido a las vanas observaciones, como las que expone en sus tuits, pulsé el corazón de 'me gusta'. Como si fuese a influir de alguna manera en su vida, que tan indolentemente transcurre a solo unos metros, al otro lado de la escalera. Minutos después, sonó el timbre.

Tengo claro que casualidades del destino no existen, son solo cadenas de efectos colaterales que nacen y mueren en personas de eficaz organización mientras fluyen a través de las vidas con prioridades menos jerarquizadas. Así que me hice ilusiones.

Al abrir la puerta me encontré, efectivamente, con las marcadas facciones del hombre al que tanto admiro. Su mirada de bajo consumo, sus cejas arqueadas y oscuras cual graznido; su mentón hundido, como sus mejillas, sobrepasadas por un par de carrillos descolgados ya de los cuarenta y, sobre todo, el surco que divide la hinchada bola de cartílago en la que termina su nariz. La esperada charla casual al fin había venido a buscarme. No obstante, me sobresalté. Algo iba mal. El maquillaje, la longitud del cabello, la mechas y su estatura más baja de lo normal no cuadraban.

Me dijo que no era él, que era su hermana y que estaba preocupada porque no le cogía el teléfono ni le respondía nadie en casa. Le expliqué que acababa de tuitear algo, así que estaría bien. Ella me repitió que no le cogía el teléfono.

Mi vecino vive solo y no tiene mascotas. Aparte de él, los únicos seres vivos que habitan su casa son las bacterias de los yogures que toma para regular su vientre, lo sé porque lo dijo un día en un tuit. Su hermana estaba al tanto de que yo tenía una llave del apartamento y me pidió que se lo abriera. No tuvo que insistirme mucho, aunque no por ello dejé de decirle que no se preocupara, que estos días había tenido actividad en las redes.

Nos adentramos en su piso, que era idéntico al mío, pero él había sabido rellenarlo mejor. Al igual que me pasaba cuando leía cualquier cosa que escribiese, esto me hacía sentir lleno de razón.

Lo que había empezado como una curiosa excursión se marchitaba hacia un aflicto paréntesis en una mañana de sábado

Sin embargo, el súbito hallazgo del cadáver fue terriblemente desagradable, traumático para su hermana, desde luego. Lo que había empezado como una curiosa excursión se marchitaba hacia un aflicto paréntesis en una mañana de sábado.

Ella se apresuró a inclinarse sobre él para precipitarse en un desconsolado llanto. Yo ya había visto lo suficientemente trastocada la versión femenina de su cara como para ponerme a contrastar gestos cadavéricos, así que no me acerqué al cuerpo.

Concentré toda mi capacidad de distracción en el escritorio junto al que le encontramos. Sobre él había un portátil abierto, con la pantalla en negro. Restos embalsados de un líquido anaranjado ahogaba las teclas, el vertido de un vaso hecho ya añicos en el suelo. Un poco más allá en la mesa había un plato con alguna miga de pan y un papel con anotaciones en el que se listaban en sentido vertical los días de la semana en siglas. Percibí que había escrito otra “M” en la posición del miércoles. Su presencia me resultó irritante, como una rima no buscada.

Quise saber qué era lo que había anotado. Me acerqué un poco más y solo pude leer horas junto a palabras al azar. La última correspondía al sábado, ponía “11:00. tostadas”. Entonces busqué en el móvil y rescaté aquel tuit inconcluso que hablaba sobre la vida, era del martes a las 22: 58 de la noche. Su último mensaje, con el que desplomó. El que marcaba la de la hora del infarto fulminante. Las actualizaciones que vinieron después habían sido programados con anterioridad. Impasibles ante una muerte contra todo pronóstico.

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