de actualidad
Juan Ignacio Zoido J.I. Zoido
Ciudad de Dios

Rafa Cabeleira

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Nochevieja 2016

Despropósitos de nuevo año

YA ESTÁ aquí el nuevo año, uno más, y de su mano asoman toda una serie de buenos propósitos y sanas intenciones que, se supone, deberían enriquecer nuestras vidas y ayudarnos a alcanzar un estado de felicidad cercano al nirvana. Por alguna razón que se me escapa, los seres humanos solemos fiar esas ansias de mejora y superación al supuesto influjo mágico de una fecha en el calendario, un simple número marcado en rojo, como si se tratase de un santo milagrero que cura verrugas o dolores de espaldas a cambio de una vela, una serie de misas y una generosa aportación a la parroquia. Por suerte o por desgracia, suele tratarse de objetivos inasumibles, enfrentados de raíz a nuestra propia naturaleza, y por eso no tardamos más de un par de días en mandarlos a la mierda y regresar al hogar que representan nuestros viejos vicios, nuestra segunda piel.

Como una moda de invierno, en los últimos compases del año viejo nos embarga siempre un sentido de la autocrítica feroz que suele impulsar esas ansias renovadoras y bienintencionadas que nunca llegarán a buen puerto, al menos en la mayoría de los casos. De repente nos vemos demasiado gordos, sentimos que fumamos demasiado, soñamos con conquistar nuevos mundos hablando en inglés o, simplemente, nos fustigamos con la certeza de que dormimos más horas de las convenientes y la vida de nos escurre entre las sábanas. Queremos cambiar. Sentimos un profundo deseo de parecernos a esos modelos de los anuncios de colonias con los que nos han bombardeado durante semanas, hombres y mujeres de cuerpos estilizados y aceitosos que hablan con acento extranjero y siempre parecen a punto de follar. Regalaríamos un hijo o mataríamos a nuestros padres por sentarnos en la próxima cena navideña presumiendo de cómo el final del año anterior cambió nuestras vidas, ejemplos de superación para nuestros tíos y cuñados que nos mirarán con envidia mientras explicamos semejante hazaña. Deseamos, en definitiva, presumir, molar, caminar por la vida mientras la gente nos mira y dice: "ahí va un hombre mejor, ahí va una persona que derrotó a su propio destino".

Esta tradición de los buenos propósitos tiene vencedores y vencidos, como toda buena historia que se precie. Gimnasios, farmacias, tiendas de deportes, academias de idiomas… Los beneficios de este tipo de negocios se disparan durante los primeros días del año nuevo. Prometen redención, triunfo, gloria… Y nosotros nos lo creemos. Lanzamos el tabaco por la ventana, nos llenamos el cuerpo de parches de nicotina, nos compramos un chándal y nos plantamos frente a la puerta de un gimnasio pensando que estamos a un solo paso de nuestra nueva vida. Por un instante sentimos que hemos ganado, que hemos derrotado a nuestros propios demonios y empieza un nuevo partido pero, casi con total certeza, no pasará mucho tiempo antes de que nos metamos un cigarro en la boca sin salir de la cama, utilicemos el chándal para subir al Carrefour, a hacer la compra, y nos enemistemos con el farmacéutico por lo caros que salieron los dichosos parches que, además, no han servido para nada. Nos sentimos vencidos por nosotros mismos, derrotados por nuestro viejo yo, por aquel tipo al que tanto odias y pretendías dejar atrás, abandonado a su propia suerte. Todavía estás demasiado furioso como para reconocerlo pero, en realidad, has ganado.

Yo no soy nadie para dar consejos, eso se lo podría decir a ustedes cualquiera que me haya tratado poco más de cinco minutos pero, si les interesa mi opinión, les digo que no se hagan daño y acepten las cartas que les han tocado en suerte para jugar la partida de la vida. Si está usted un poco rollizo, rellenito, piense que la mayor parte de los días come usted como un cura, que nuestros abuelos fueron a la guerra para ello y que su estómago disfruta haciendo su trabajo. Si fuma demasiado tampoco se alarme. Lo más importante de un vicio como el tabaco es poder pagárselo, poco importa la amenaza latente del cáncer, el infarto de miocardio y no sé cuántas enfermedades más. Tarde o temprano, de algo hay que morir y yo soy de los que piensan que al menos hay que aspirar a que nuestros vecinos acudan a nuestro funeral a cantar nuestras alabanzas, no a mirar pasar el féretro con desprecio mientras nos recuerdan como gente que se pasó la vida pidiendo tabaco y fumando de lo ajeno. Y dígame: ¿para qué quiere usted hablar inglés? Ya sé que es un idioma con el cual podrá entenderse con millones de personas, ver películas en versión original y cosas por el estilo pero, hágame caso, no tiene usted tanto tiempo para charlar ni ir al cine. Leer más, beber menos, viajar, salir a correr, divorciarse, casarse… Cualquier propósito que nos impongamos en los últimos días del año no son más que palabras, carecen de importancia. La vida es demasiado corta como para perder el tiempo luchando contra nosotros mismos, contra esos defectos que nos definen más que las propias virtudes. Somos animales imperfectos, de ahí que la vida resulte tan divertida y los propósitos de nuevo año un auténtico coñazo, como los anuncios de colonias. Comer, fumar, dormir, vivir… Todo lo demás me parece un despropósito.

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