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María Valcárcel

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Un espanto demasiado real

Título: El cuento de la criada.
Creador: Bruce Miller (Novela de Margaret Atwood).
Reparto: Elisabeth Moss, Yvonne Strahovski.
Cadena: HBO España.
Calificación: 4/5

HAY A MENUDO un lugar para lo indeseable. Para lo inconcebible. Un lugar para el que jamás se está preparado por mucha imaginación que tengamos. La historia y sus etapas siempre nos han sorprendido en actitud desprevenida y despreocupada, como si las señales no fueran en absoluto suficientes para arrancarnos una indolencia alojada en nuestro interior. El terror tiene facciones que seríamos capaces de reconocer si prestásemos un poco de atención. Pero, en fin, no siempre estamos dispuestos a semejante esfuerzo.

El rostro del espanto refleja muchas veces la figura de un hombre, un gesto ignominioso, un paisaje, determinadas palabras que parecen abrirnos en dos. Cualquier elemento puede servir para convertirse en un indicio de crueldad. Esta vez es una serie la que dispara todas las alarmas. El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), una distopía que produce escalofríos. Basada en una novela que la escritora canadiense Margaret Atwood publicó en 1985, relata cómo se sobrevive en un sistema en el que lo humano ha perdido su significado, una teocracia en la que los ministros de Dios dictan, juzgan y asesinan. Todo ese proceso está narrado a través de su personaje principal, una mujer que ha dejado de serlo para convertirse en criada, en objeto, en algo que utilizar mientras sea provechoso. El planteamiento del guion es el adecuado para generar tal estado de desasosiego que puede que dificulte el sueño nocturno. La historia es, en sí, perturbadora, y la serie lo que consigue es potenciar el elemento terrorífico con escenas de excesiva quietud, de aplastante belleza. Es ese contraste tan inteligente lo que más trastorna.

En semejante régimen de dominio y violencia, poco se puede hacer más que servir al poderoso. Lo que está en juego es la tortura y la muerte. Sucumbir, todavía así, es normal; resistir es lo verdaderamente humano, lo moralmente válido; y, sin embargo, lo de humillante, lo de salvaje que hay en esa resistencia es lo que estremece. Imágenes perfectas, enfoques de cámara estudiados al detalle, luz deslumbrante, colores sobrecogedoramente expresivos, son los recursos usados para relatarnos esta tragedia humana. Es el delirio del hombre que, de vez en cuando, para mal del mundo, se cree superior, dueño, demonio, tirano.

Aun con el pavor dentro, la serie captura y retiene. Porque lo que vemos es asombroso, es desconcertante, es raro, pero no es exactamente nuevo. Los desvaríos del hombre ni son desconocidos ni vienen de tan lejos que nos resulte difícil recordarlos. O, por el contrario, vienen de tan lejos que son imposibles de olvidar. El ser mujer cobra sentido en la historia —un sentido cruel— en tanto que son ellas las que llevan el peso de una estructura demoledora, son ellas las que sustentan la doctrina que las convierte en polvo. (No me sorprendería que fuesen también judías). Ya se ha calificado la serie, por esto último, de feminista. Parece ser que Atwood no pensó la novela en ese sentido, al menos en un enfoque inicial. Ella pretendía, muchos años atrás y según distintas declaraciones que ha hecho desde entonces, recrear una América ficticia que contuviera todos los elementos de una sociedad malograda. Exagerando las formas, recurriendo a los extremos, planteando un desproporcionado estado de cosas que podían tener su origen en males profundos, prendidos al mundo. Era una hipótesis. Porque siempre lo es. Conjeturas distantes, ideas remotas. Hasta que un día aciago llega eso que nunca pensamos, y no porque no tuviéramos oportunidad, sino porque no nos apetecía mucho. Y estalla.


Transformar la naturaleza
He estado intentando —lo juro— ver Supervivientes. Ya saben, ese reality en que unos cuantos se van a Honduras y no se despellejan entre ellos en directo de milagro. De aprender a sobrevivir en la naturaleza se ha pasado al sálvate si puedes de tus compañeros de programa. Y es que, en fin, de todo se aprende y es interesante comprobar que el medio hostil no es la isla y sus seres no humanos, sino las personas que la habitan. Tiene que venir Telecinco a enseñarnos esto.

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