¡Callarse, becerros!

Bernardo Sartier

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"¡Vete a la mierda!"

UN DÍA preguntaron a un ciclista qué le parecía el Tour: "Es un montón de mierda; sufres como un animal, te meas encima, te caes...; "No volverás a correrlo, entonces"; "¡pero qué dices... por supuesto que sí! es la carrera más bonita del mundo".

Al poco, verdeaban los sesenta, apareció el metro y pico de culebra en el 'Agarimo', el chalet de los Domínguez. Salió reptando de entre las hortensias y, como de aquella no había Seprona que llamar, salvamos al mundo tronzándola a cantullazos, o sea que la lapidamos con método, artesanalmente.

Le habíamos escuchado a Don Víctor, en el barracón del Pazo de Leis habilitado como capilla, que Dios privara a la serpiente de extremidades por tentar a Adán y Eva. No creímos a Don Víctor. Sonaba demasiado bien aquello de la tentación, que no vivía arriba sino más abajo, hacia Pontebolera: era Suspiriños. Suspiriños nos enseñaba su chichi lampiño si la invitábamos a una 'Flash golosina' de cola en el Bar Castilla, el Bar de Jorge.

Jorge —un bendito— era como Einstein, por mis muertos: Jorge tenía el mismo pelo que Albert Einstein, gris, rizo y solo a los lados. De hecho, para mí fue Jorge y no Einstein quien inventó la Teoría de la Relatividad, porque Jorge fiaba la leche Larsa haciendo así su precio relativo.


Eddy atacaba siempre y ahora se esperan los últimos diez kilómetros para liarla; él lo hacia desde el comienzo, en cualquier terreno


Éramos niños, bizarros y golfos. Y por más que nos abofeteaban todo el puto día con el pecado, dios, cómo nos molaba el pecado, cómo disfrutábamos haciéndole peinetas a los mandamientos, bananas a los curas. Claro. Cómo no si nuestra escuela era el adoquín de Fernández Ladreda, el monte de los ciegos y el Gafos, que sustituían la Play Station de hogaño y nos convertían en sobrevivientes de una batalla como la de las Ardenas.

Pedaleaba yo sin pedales subido al portal del chalet, sintiéndome Eddy Merckx. Imitándolo. Me imaginaba Eddy porque el día anterior, en el Cuarto de los Juguetes desde donde se veían las fincas del alcalde de barrio Solla, mis padres y mi hermano consolaron mi llanto: no importaba que los cabrones de los italianos lo hubieran descalificado, era tan bueno que ganaría todo.

En casa íbamos contra corriente. Por el abuelo, que también políticamente contra corriente se ahogó trece años en la trena franquista. Torcer por un belga en la España de Paquiño tenía su mérito. Veníamos de ganar la Eurocopa y con Bahamontes jubilado había que ser de Gandarias o de Ocaña en un ambiente de nacionalcatolicismo deportivo. Pero acertaron ellos. Eddy ganó todo menos ese Giro. Italia entera ansiaba que lo ganara Felice Gimondi, su hijo predilecto.

Así que nada mejor que acusar a Merckx de doparse —droja en el Cola Cao y tal—, cuando el único doping de Merckx era una naturaleza portentosa que él fortaleció, porque el Eddy adolescente se hizo ciclista en la Bruselas de los cincuenta trayendo y llevando paquetes a la tienda paterna. El Caníbal, le apodaban. Espigado, su estilo inconfundible sentado muy atrás en el sillín lo hacía estéticamente único, cabeza ligeramente ladeada, cuello escondido y la bici como un juguete empuñado, diminuta bajo su presencia descomunal.

Eddy esprintaba como un velocista, escalaba como Pérez de Tudela y bajaba como una bala, incluso temerariamente. Mientras, un mundo en sepia debatía si era mejor el comunismo de Daniel Cohn Bendit o el capitalismo del pichabrava Kennedy. En llano, la pedalada poderosa de Eddy se abría paso. Además, tenía a su disposición a los hermanos de Vlaeminck, gregarios lujosos, un escuadrón de cortesanos con pedales que velaban su descanso: "Su Majestad Merckx se ha retirado a sus aposentos. Guarden silencio".

Aunque no lo pareciese, Eddy era humano y necesitaba descansar de vez en cuando. Luego de él el ciclismo dejó de ser pulmón, corazón y piernas y comenzó a hablarse de técnica. Los tubulares convirtieron su grosor en un cigarro habano. Los cuadros comenzaron a pesar poco. Se hablaba de aluminio porque de aquella la aerodinámica era la ciencia ficción que iniciaran Nabokov y Schlesinger en Viaje Alucinante, un equipo de científicos reducido a tamaño celular para, llevados por el torrente sanguíneo, diluir un coágulo cerebral.

Luego vino Lance Armstrong y llamó al maître: "Garçon: tomaré anabolizantes de entrante; luego, una transfusión de sangre descongelada de primero; continuaré con eritropoyetina de segundo y de postre, anfetaminas". Y la mentira comenzó a reinar en el ciclismo. O sea que Eddy era verdad porque tenía en reposo el latido modélico de la literatura médica, y el mejor ritmo cardiorespiratorio, en esfuerzo, de la historia del deporte.

Cinco Tours, cinco Giros y una Vuelta a España resumidos por un rival: "Entre Merckx y yo ganamos todo; yo una etapa de una vuelta y él el resto de etapas y vueltas". Solo Ocaña le recordó que era mortal. En la ascensión a Laffrey. Ocaña ganó un Tour y mereció el de Laffrey, que perdió por caerse cuando aventajaba en tantos minutos a Eddy que incluso él reconoció que su maillot amarillo, ganado por accidente, pertenecía a Luis.

Eddy era el más grande de un deporte en el que hasta se moría de modo heroico y poético. Vean: La diñaba Anquetil y dijo a Poulidor: "serás segundo otra vez, Pou Pou, yo me moriré antes". Eddy atacaba siempre y ahora se esperan los últimos diez kilómetros para liarla; él lo hacía desde el comienzo, en cualquier terreno. En una ocasión comenzó a soplar un endiablado viento de cara que ralentizó la carrera. Un desfile de caracoles inválidos no iría menos rápido. Había que ahorrar fuerzas y el pelotón puso el piñón fácil. Él no. Él metió el desarrollo más complicado y comenzó a atacar como si le fuese la vida en ello, y ganó la etapa y la carrera.

En otra, su Director se le acercó y, desde la ventanilla, le impuso administrarse: "no ataques ahora, Eddy, espera"; la respuesta de Eddy es un resumen de su personalidad deportiva: "¡Vete a la mierda!"; demarró, salió flechado y demostró que el sueldo de su director era prescindible: bastaba la fortaleza innata de su corazón. Fue único.

Incluso describiendo la depresión leve del campeonísimo jubilado: "Nunca he sido tanto yo mismo como retirado; sin embargo, la gente me ve como alguien diferente, porque aun ansían al que fui aquellos trece años en activo. Alguien que hace muchos tiempo ya no soy". No creas, Eddy. Eres, para mí, la misma verdad de esos trece años. Una verdad que aún perdura. La verdad limpia, trabajada e indeleble del triunfador. La misma verdad de una mañana de verano, lejos de Italia, en que un niño te lloró.

Comentarios

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pedro de madrid lunes 24 de julio de 2017, 16:27
2

Por lo que escribes veo que ya no eres un claval, digo esto porque siento morriña por Pontevedra

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lunes 24 de julio de 2017, 13:49
1

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