¡Callarse, becerros!

Bernardo Sartier

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Sabino Torres

Sabino Torres, el estilista libre

UN SEÑOR pequeñito que vestía pañales dijo que podrían torturar su cuerpo, romperle los huesos o quitarle la vida, pero que jamás tendrían su obediencia. Era Gandhi. Otro señor pequeñito de aquí, Sabino Torres, le dijo algo parecido a Pontevedra. Quería ser libre y lo consiguió. Hizo otras cosas, como escribir de putísima madre, pero de coronarlo en un reino, forzosamente sería el de las ansias de libertad. Sabino sabía que la verdad es algo enormemente sobrevalorado, conque vino a decirse a sí mismo que donde esté una buena mentira, sobra lo demás. Porque la Pontevedra de su juventud era una Pontevedra hecha de verdades insoportables, las verdades opresoras de una ciudad pacata afanada en asperjar el agua bendita de su insufrible cotidianeidad.

Esa Pontevedra de hisopos y estolas que el franquismo sembró como se siembra de minas el campo de batalla, a conciencia, en la premeditada pretensión de alambrar con espino el talento, el ingenio, la creatividad. La Pontevedra ahormada y políticamente teledirigida que trataba de robarle el alma a la gente, de convertirla en súbdita de su rutina provinciana; la Pontevedra que pretendía a los pontevedreses esclavos de una Herrería dominical llena de nenas cursis con lacitos en sus guedejas y nenes de charol que, por cojones, deberían ser reclusos de esa cárcel de futuro seguro y burocrático que es el funcionariado.

Fue esa Pontevedra a la que, sin embargo, tanto amó Sabino, la que trató de alicortarle. Pero no pudo con él. Sujetar a Sabino era como calmar con tila a un elefante sicótico. O sea que el vuelo de Sabino era el escapismo a la verdad dolorosa de la Pontevedra de aquella, la verdad del permanganato sódico que servía para radiar la gonococia de las pichas de los tíos; la Pontevedra de las sanciones administrativas a la inteligencia; la Pontevedra de la represión sugerida con la implacabilidad del hierro candente, porque no nos engañemos, teníamos grabado a fuego, como el ganado, el pensamiento único. En esa labor moderadamente dinamitadora del status quo le ayudó Tatá Picó, un bohemio levemente aristocrático que me toca en la familia por más que lo que haya intercambiado con él no pasara de tres o cuatro frases protocolarias. Tatá y Sabino eran, afortunadamente, transgresores en un pueblo esencialmente gregario, no diferente, en esto, a cualquier otra capital de provincia de la España de la pertinaz sequía. Sin embargo, en ese nadar contracorriente de Tatá y Sabino había un punto de clasicismo, de respeto a la tradición.

El padre de Tatá, injustamente acusado siendo presidente de la Diputación en los cuarenta, era un monárquico convencido —y al fin, un punto desencantado— autor de proyectos urbanos que modernizaron Pontevedra. Alguna nota manuscrita hay por casa en la que no esconde su decepción con sus aliados en la turbulenta España de entonces. Decía que injustamente acusado Rafael Picó, el padre de Tatá, porque un juez dejó sentenciada la honestidad de su gestión, eso que ahora, idiotas de manual, llaman transparencia, como si la transparencia no fuese cosa de limpiacristales. O sea que Tatá y Sabino fueron los animadores culturales y sociales de una ciudad dispuesta a dormir una larga noche de piedra, de una ciudad cómoda y orgullosa de su insignificancia. Chicos del jazz sin instrumentos, como antibiótico al tedio, Tatá y Sabino pusieron el despertador al rebaño dormilón.

Por eso, ya en un tiempo en el que lo políticamente correcto impedía —e impide, aunque no a mí— hablar de putas, Sabino se puso el mundo por montera y se dijo que qué mejor que homenajear a aquellas madres de todos que eso eran las putas, con un libro que es la filigrana artística, heroica y descriptiva de una época que aun eriza la piel cuando se patea Xan Guillerme, porque allí tocas y sientes la bonhomía aterciopelada de aquellas hetairas buenas, de las rabizas confiadas que fiaban el polvo, de todo el gentío que fumaba un ambiente de humo e inocencia mientras batería y acordeón amenizaban el rato a aquella gavilla de desheredados. Porque Pontevedra se iba de putas, claro que sí, como toda España. De putas para olvidar que en Vigo, los trasatlánticos Monserrat y Begoña emigraban a la gente, porque España no daba, entonces, más que para exportar carne de cañón. Y a los que se aferraban a la miseria del terruño no le quedaba otra, claro, que olvidar a los ausentes en una morriña de vacío donde la hija a la que sus padres cambiaban por Venezuela se moría de pena; por eso había que olvidar a los emigrantes en una Moureira de putas, aguardiente y caldo de gallina. Decía antes que había en Tatá y Sabino una pátina de clasicismo, de dandismo apenas disimulado, porque Sabino y Tatá eran elegantes.

A Sabino lo recuerdo de un azul permanente. Correctamente atildados y contrapuestos a Umbral, porque el dandismo de Umbral era el rojo de su fular en la pose provocativa y distinguida del estético genial que se sabe único, mientras que el dandismo de Sabino y Tatá era el de los transgresores resueltos que, empero, no pierden el respeto a la tradición, a la americana siempre y a la corbata a veces. Y como la memoria de Sabino, como la del literato aquel, era muy buena para olvidar, Sabino olvidó Pontevedra sin dejar de pensar en ella ni un solo instante, que es la mejor memoria de la desmemoria, del olvido recordado, de la amnesia aparente. Por eso se fue a Madrid a currar, aunque yo creo que a "travacar", que es el palabro grosero, por mestizo, que invento para definir qué cosa es el trabajo vacacionado, o las vacaciones trabajadas, porque ningún genio —y Sabino lo fue— cae en la vulgaridad del trabajo asalariado como garantía del hortera mes de vacaciones: demasiado prosaico para un poeta en prosa o para un enorme prosista poetizado, o sea Sabino ¿Qué no? En "Las tres columnas", que más que un libro de putas es el ensayo de una época, Sabino nos habla de aquel que presumía de amante: ninguna mujer podía satisfacerlo; viajero universal, conocía el Kamasutra y sus apéndices y, resabiado, alardeaba de semental ante una prostituta. "Para el carro", dijo ella. "Yo tengo algo diferente. Un agujero que tu no conoces". Río él, escéptico, sobrado. "Imposible". Entonces ella levantó su parche de Condes e de Éboli, pobretona pero digna, y se sacó con sus dedos un ojo de cristal mostrándole la cuenca carnosa y vacía, un orificio de disfrute único del que se sentía orgullosa: "por aquí, tu nunca". El fanfarrón no volvió por Xan Guillerme. O la puta veterana, casi abuela, que le cuenta a la novata el placer de los adolescentes: "Pueden ser tus hijos", le reprocha la becaria; "por eso tenemos mucho cuidado de no pegarles ninguna porcallada", contesta la experta; "pues a mí me da reparo", insiste la joven; "por tus pocos años"; y zanja: "Tú no sabes lo que vale enterrar en el cuerpo el fuego de un adolescente". Aquí lo dejo para no ensuciar los párrafos magistrales de Sabino, que son como una melodía escondida de la vida. nunca mayor lirismo en terreno tan escabroso.

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