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Ángel Correa Ángel Correa
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La obligación de morirse

ESTOS DÍAS habrán leído varias veces un titular parecido a este: "Año negro para la música". Parece ser que se murieron muchos músicos. Discrepo. Se murieron unos cuantos, famosos en distinta medida. El más talentoso de todos ni siquiera apareció como miembro de un grupo: George Martin, el quinto Beatle. Un genio. Del resto se podría hacer una lista que daría para preguntarse no por qué se habrán muerto, sino cómo es que estaban vivos. Por poner un ejemplo claro: ¿Cómo puede estar vivo Keith Richards? Pues ahí está el tío. Con su sangre renovada, su coágulo cerebral tras caerse de un cocotero, el esnife de las cenizas de su abuelo y los cócteles no precisamente de gambas con John Lennon. 

Parece como si que se murieran músicos debiera darnos más pena que si se murieran albañiles, taxistas o argonautas. Y no vi ningún titular del tipo: "Año negro para los ebanista". Y eso que en A Mariña ya casi no quedan. Y es que, queridos compañeros de la prensa, aunque suene raro, los músicos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Se llama ciclo de la vida y se estudia (o se estudiaba antes) en tercero de EGB. 

Yo aún no me repuse de lo de Amy Winehouse.

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