Opinión
SIETE DÍAS TREPIDANTES 
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Estamos a punto de perder un mes precioso

A VECES, ES EN agosto donde se producen las movidas políticas que luego serán trascendentes. Con tiempo por delante, los políticos —que se aburren en el ocio—, lejos de miradas indiscretas y de controles del aparato, perpetran ocurrencias que luego se consolidan o no. Por ejemplo, el pacto de gobierno autonómico entre PSOE y Podemos en Castilla-La Mancha. Que, a pesar de la general indiferencia agosteña, está provocando ríos de controversia: ¿debe a o no debe este pacto regional convertirse, en un futuro cercano, en un pacto nacional? Unos, en el PSOE, dicen que sí; otros, que no. Lo mismo, por cierto, que en Podemos. Estoy seguro de que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias algo se habrán hablado telefónicamente estos días, y sin duda que también habrán quedado para septiembre. Mientras, guardan un vacacional silencio, dejando que sean los segundos escalones quienes dictaminen, debatan pros y contras, pontifiquen. Ya llegará el otoño. Y facilitando también que algunas voces mediáticas extremadas, desde una derecha excesivamente dura, que nada tiene que ver con las cautelas de Rajoy, se lancen a hablar de frentespopulares y de que vienen los rojos. Menuda barahúnda. La insoportable levedad del ser. Miramos preocupados hacia Cataluña, hacia el 1 de octubre, hacia los excesos sindicales y las incapacidades gubernamentales y empresariales en El Prat, y andamos, así, distraídos mientras en Castilla-La Mancha, donde aparentemente nunca pasa nada, Emiliano García-Page mete en su Gobierno a un vicepresidente de Podemos. Y, de paso, deja pasar una enmienda parlamentaria que pretende consolidar privilegios de por vida a los funcionarios políticos en la región. Sin que, claro, ni Sánchez ni Iglesias digan nada. Como nada dicen sobre otros temas, como la perversa dinámica en ese territorio que Puigdemont considera su feudo. Si España necesita algo es que izquierda, derecha y centro se aclaren, se reinventen. Que la izquierda defina sus límites —no puede ser que la CUP difamadora pueda seguir considerándose izquierda, no puede ser que algunos aquí sigan considerando a Maduro progresista—. Que nos digan los de Podemos por fin si apoyarán o no el referéndum secesionista catalán, y cómo piensan, en su caso, evitarlo. O propiciarlo. Que nos diga el PSOE si en 2019 tendremos un acuerdo general entre socialistas y ‘morados’, con qué programa y fines, más allá de desalojar a Rajoy de La Moncloa. No se puede mantener mucho tiempo una situación en la que, dentro de cada partido, unos dicen unas cosas, otros otras y los más, nada. Ni es posible pretender representar a los ciudadanos sin informarles, de verdad, con transparencia, de lo que pretenden esos representantes hacer. No les escucho hablar de Venezuela, ni de Aena, ni de esa enmienda parlamentaria que ha encendido al personal en Castilla-La Mancha tras el nuevo pacto de Toledo. Ni de los carteles de la barrida de la CUP, ni de Trump. Ni del nuevo pacto de Toledo. De nada. Dirán que están tomando fuerzas para la gran movida del otoño. Y, en efecto, sospecho que septiembre, pongamos ya los finales de este mes de agosto, será tiempo de grandes declaraciones, cuando reaparezcan los que hoy se mantienen callados y permitiendo la escandalera de voces bajo sus pies dirigentes. Entonces será cuando surjan Sánchez e Iglesias anunciando su acuerdo no sé si para intentar gobernarnos en 2020, pero sí, al menos, para solucionar el tema catalán; un acuerdo del que estos días hablan, creo, pero entre ellos y por teléfono, ya digo. Y tal vez incluso aparezca Rajoy para decirnos que sí, que tiene un plan B —con que hubiese un plan A ya me daría por satisfecho— para contener las ínfulas independentistas del molt honorable president de la Generalitat. Pero para entonces, claro, ya habremos perdido un mes. Un mes precioso. Porque, recuerde, nos quedan cuarenta y ocho días, apenas cuarenta y ocho días, menos de siete semanas, para ese choque de trenes que antes todos consideraban imposible y que ahora todos admiten que, de una u otra manera, se va a producir. Y entonces... ¿qué? Ahí queda la pregunta para los grandes silentes.

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